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Filosofar como Sócrates Oscar Brenifier

Filosofar como Sócrates
Óscar Brenifier

Edición a cargo de Gabriel Arnaiz

14 junio 2007 (Versión 1.0) 1

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Filosofar como Sócrates Oscar Brenifier

Filosofar como Sócrates
Óscar Brenifier

Selección de Gabriel Arnaiz

Introducción (G. Arnaiz) Resucitar a Sócrates

Filosofar...en la práctica

• ¿Puede consistir la filosofía en una práctica?
• Dialéctica
• La problematización
• La Filosofía negativa
• Acceder a la ignorancia

En el aula: secundaria

• Saber lo que se dice
• ¿Por qué discutir en clase?
• La práctica de la discusión filosófica
• ¿En qué se diferencia una discusión filosófica?
• ¿En qué consiste un taller de filosofía?

En el aula: primaria

• Filosofar en la escuela primaria
• Las preguntas de los niños
• Los dulces nos vuelven idiotas

En el café
• Cafés filosóficos

En la consulta

• Consolación
• La consulta filosófica: Los principios
• La consulta filosófica. Las dificultades
• Análisis de un caso individual (falta)

Con historias reales

• Martes de carnaval
• El accidente
• La muerte del padre

Con historias ficticias

• Nasrudín
• Cuento (elegir)

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Pensar con los demás

Una buena parte del ejercicio de la discusión filosófica se refleja en la

relación del niño con el mundo que habita, eso que podríamos denominar el

proceso de socialización. Podríamos incluso afirmar que este proceso

específico no se diferencia en nada del ejercicio que nosotros describimos,

puesto que toda actividad escolar en grupo implica una dimensión de

socialización. Por otro lado, podemos interrogarnos acerca de la relación entre

esta socialización y la filosofía. Partimos de la idea de que la dramatización

fortalece la relación con otras personas, elemento que ocupa un papel central

en el funcionamiento de nuestro ejercicio y que nos permite crear una situación

donde esa relación puede ser a su vez objeto de análisis. Explicaremos desde

diversas perspectivas qué es lo que queremos decir. En primer lugar, las reglas

que se establezcan exigen de cada participante que se distinga de los demás.

En segundo lugar, las reglas implican conocer a los otros participantes: saber

qué es lo que han dicho. En tercer lugar, implican participar en un diálogo e

incluso en una confrontación con los otros. En cuarto lugar, las reglas implican

poder cambiar al otro y poder ser cambiado por él. En quinto lugar, conllevan

verbalizar estas relaciones, considerar como parte de la discusión aquello que

habitualmente permanece en la oscuridad de lo no dicho, o como máximo se

limita a la simple alternancia entre la reprimenda y la recompensa.

Podríamos comparar nuestra actividad con la práctica del deporte de

equipo, que representa un factor importante de socialización en los niños, al

permitirles conocer al otro, saber qué es lo que hace, actuar sobre él y

confrontarse con él. Este tipo de actividad se distingue de la actividad

intelectual clásica, que generalmente se produce en soledad, incluso cuando

uno se encuentra en un grupo. Tendencia intelectual individualista que la

escuela promueve de forma natural, a menudo sin que los profesores sean

plenamente conscientes, y que tiende a exacerbarse con el transcurso de los

años, ocasionando numerosos problemas y amplificando la vertiente

competitiva (“yo gano, tu pierdes”) del proceso.

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El taller que nosotros describimos aquí, por el contrario, promueve la

dimensión de “pensar conjuntamente” con los otros. Pretende introducir la idea

de que pensamos no contra el otro o para defendernos del otro –porque nos

produce temor o porque competimos contra él-, sino gracias al otro y a través

del otro. Por un lado, porque la reflexión general evoluciona gracias a las

contribuciones de los alumnos a la discusión. Periódicamente, el profesor

deberá recapitular las contribuciones más importantes que están forma a la

discusión. Por otro lado, porque discutiendo aprendemos a enriquecernos con

las aportaciones de otras personas, discutiendo con ellos, cambiando de

opinión y colaborando en modificar la suya, en lugar de aferrarnos

desesperadamente, o incluso con rabia, tanto a nuestro miedo como a nosotros

mismos. Asimismo, el hecho de que las dificultades de asumir los problemas

planteados por un compañero o por el profesor formen parte de la discusión,

ayuda a desdramatizar la crispación individual y incita al niño a razonar en

lugar de a “tener razón”. Mencionamos de pasada que este tipo de miedo, si no

se trata convenientemente, puede provocar dificultades mayores, cada vez más

visibles con los años de escolaridad, por no hablar de las repercusiones en la

edad adulta. Si desde los primeros años habituamos a los niños a pensar en

común, aprenderán al mismo tiempo a asumir su pensamiento singular, a

expresarlo, a ponerlo a prueba con el de los demás, a enriquecerse con el

pensamiento de los otros y a conseguir que ellos se enriquezcan con el suyo.

En consecuencia, la dimensión filosófica del ejercicio consiste en que los niños

tomen conciencia de sus procesos mentales individuales y colectivos, de los

obstáculos epistemológicos que dificultan la reflexión y su expresión, y que

sean capaces de verbalizar estos frenos y estos obstáculos, proponiéndolos

también como posible tema de discusión.

Un último argumento a favor de este proceso creciente de socialización

a través del pensamiento reside en que la desigualdad de oportunidades entre

los niños aparece muy pronto –incluso durante la educación infantil-, siendo

visible cómo algunos niños carecen por completo del hábito de la discusión.

Independientemente de la relativa facilidad o dificultad individual para discutir,

el profesor constata que existen niños a los que no les sorprende demasiado

que se quiera debatir con ellos, mientras que otros parecen no comprender en

absoluto qué es lo que se espera de ellos cuando se les invita a hablar;

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El poeta
Un hombre con ínfulas de poeta le pide a Nasrudín que juzgue algunos

de sus poemas. Después de escuchar pacientemente su larga declamación,

Nasrudín le dice francamente lo que piensa de su obra: es ampulosa, ostentosa

y vana. Cuando oye estas palabras, el autor enrojece de ira, y durante cinco

minutos, insulta a Nasrudín con todo tipo de epítetos. Cuando el poeta

consigue calmarse, Nasrudín le comenta: “Tu poesía es atroz, pero tu prosa es

verdaderamente excelente”.

Ignorancia
Un hombre estaba celoso de la reputación de Nasrudín como hombre

sabio. Para desafiarle y probar que él era mucho más sabio, le envío una lista

de cuarenta preguntas muy difíciles. Nasrudín las leyó y contesto a todas con la

misma respuesta: “No lo sé”. Su esposa Khadidja, una mujer práctica, al ver

tan extraño comportamiento, le preguntó: “Puesto que no sabes ninguna de las

respuestas, ¿porque no contestas con un único “No lo sé”, en lugar de repetir la

misma respuesta cuarenta veces?”. A lo que Nasrudín respondió: “¡Mujer

desagradecida! ¿No ves que este pobre hombre ha invertido todo su esfuerzo

en compartir su sabiduría conmigo? Lo mínimo que puedo hacer, por pura

cortesía, es compartir toda mi ignorancia con él a través de mis respuestas.

Un buen trato
Nasrudín trabaja ayudando a las personas a cruzar el río sobre sus

espaldas. Cinco hombres ciegos desean contratarle y le preguntan por el precio

del peaje. “Cinco monedas”, responde él. Carga cuatro de ellos sin problemas

hasta la otra orilla, pero el quinto es muy pesado y nuestro hombre se siente ya

sin fuerzas. El quinto hombre ciego se cae al río y es arrastrado por la

corriente, hasta ahogarse. Los otros ciegos, que han oído sus gritos, preguntan

si hay algún problema. “Ninguno”, contesta Nasrudín, “al contrario, nuestro trato

es ahora mucho mejor: el viaje sólo os costará cuatro monedas”.

El primero
A media tarde, cuando todo el mundo está durmiendo la siesta con las

persianas cerradas, Nasrudín se encuentra en mitad de la plaza del pueblo

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bajo un sol de justicia. Un vecino que le ve, le pregunta que está haciendo ahí,

arriesgándose a sufrir una insolación, cuando en ese momento allí no sucede

nada interesante. Nasrudín le contesta: “Cierto, pero si pasa algo, yo seré el

primero en saberlo”.

Palabras
Alí le pide prestado el burro a Nasrudín. “Mi burro no esta aquí”,

responde él. Pero Alí escucha el rebuzno del burro, que proviene del corral. Alí

le recrimina: “¡Qué tipo de amigo eres tú, que afirma que su burro no está aquí,

mientras yo lo oigo rebuznar en tu corral!”. Y Nasrudín le responde: “¡Y tú! ¡Qué

clase de amigo eres tú, que prefieres creer a mi burro antes que mis propias

palabras!”.

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