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Document Text Contents
Page 1

DOSSIER

55

56. Religiosidad y
justicia. El testamento
Carmelo Luis López

62. La gran frustración.
Los herederos
María Dolores Cabañas

70. Un problema sin
resolver. Tragedia morisca
Soha Abboud-Haggar

78. Letras, música y
modales. La educación
José-Luis Martín

85. La biblioteca.
La joya más valorada
Nicasio Salvador Miguel

ISABEL LA CATÓLICA

Retrato de Isabel la
Católica, hacia 1500,

atribuido a Juan de
Flandes (Madrid,

Palacio Real,
Patrimonio Nacional).

Hace 500 años murió Isabel la Católica. La mítica
reina castellana y su esposo, Fernando de Aragón,
marcaron el nacimiento de la España moderna, con unas
fronteras que han perdurado y una proyección internacional
decisiva en los siglos siguientes. Sin embargo, una serie de tragedias
frustró los planes de Isabel para la sucesión, mientras la conquista
de Granada quedaba deslucida por el problema morisco. Cinco
especialistas analizan las luces y las sombras de su legado.

El legado

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56

Con la misma minuciosidad que aplicó en su vida, Isabel la Católica quiso
poner orden tras su muerte. CARMELO LUIS LÓPEZ desgrana las disposiciones
de su testamento, en el que decide sobre sus posesiones, organiza su entierro
y apunta soluciones para los problemas que augura a sus sucesores

EL TESTAMENTO
Religiosidad y justicia

Page 18

Los Reyes trataron de cumplir sus
compromisos, pese a las dificultades que
entrañaba el gobierno de una población
que nada hizo por integrarse, sino que,
por el contrario, rumiaba su resenti-
miento y esperaba la resurrección islá-
mica, gracias a una intervención oto-
mana o egipcia, que la mayoría hubie-
ra estado dispuesta a apoyar.

Íñigo López de Mendoza, conde de
Tendilla, en el gobierno, fray Hernando

de Talavera, en la política religiosa, y
el secretario real, Hernando de Zafra, en
la organización del territorio, debieron
desenvolverse con tacto y paciencia, tan-
to que hasta 1499 no se produjeron en
Granada problemas de importancia. Más
aún: “Los musulmanes de Orán queda-
ron tan impresionados por las condi-
ciones concedidas a Granada que, en
1494, ofrecieron la sumisión a Castilla si
se les daba el mismo trato”.

“No cabe duda de que los Reyes no
rebajaron a la ciudad de Granada, si-
no que la mantuvieron como en lo al-
to de un monte, dotándola de una se-
lecta administración”, escribió Tarsicio
de Azcona, y la mejor demostración es
que permanecieron en Granada seis
meses y, a lo largo de la siguiente dé-
cada, en sendas estancias, sumaron más
de un año y decidieron erigir allí la ca-
pilla real y el mausoleo para su eter-
no descanso.

Pese al inicial cuidado por parte de
los vencedores en eliminar asperezas,
los granadinos más pudientes emigra-
ron. Entre ellos, veinte meses después
de su capitulación, el rey Boabdil, que
había recibido un gran territorio en Las
Alpujarras, pero al fin prefirió afincar-
se en Marruecos. Ya le había precedi-
do su tío, El Zagal, que se estableció el
Tlemcén hasta su muerte, en 1494. Y,
con ellos, sus allegados. Al parecer, en
los traslados a África se respetaron las
Capitulaciones. Una comisión de nota-
bles musulmanes colaboró con las nue-
vas autoridades en la tasación de los
bienes de los emigrantes y en los im-
puestos que debían satisfacer; el tras-
lado hasta la costa africana fue gratui-
to durante los tres primeros años y lue-
go, barato. Incluso existen casos de gra-
nadinos emigrados a Marruecos que
optaron por retornar ante la dureza de

72

Una familia morisca del reino de Granada a principios del siglo XVI, por Weiditz. En los
primeros años tras la conquista, los musulmanes recibieron buen trato de los Reyes Católicos.

Simpatías mudéjares

Isabel fue consciente desde su infancia delhecho diferenciador musulmán. Había
vivido en la Corte de su hermano, Enri-
que IV, que tenía gran simpatía hacia mu-
chas cosas árabe-andalusíes: había adoptado
su modo de vestir, sus comidas, su forma de
sentarse y de cabalgar. Cuenta José-Luis
Martín, en Enrique IV, que sus enemigos
le acusaban de montar a la jineta, como los
árabes, y no a la brida como era habitual en-
tre los cristianos, asunto que irritaba a al-
gunos porque ese “ejemplo era seguido por
muchos de los nobles”. Isabel vivió en ese
ambiente simpatizante con lo andalusí y
comprensivo con “la imagen del otro”, que
estaba viva en la literatura y en la cultura
populares.

No es de extrañar que mostrara cierta in-
clinación y aprecio por las manifestaciones
culturales de origen mudéjar, como obser-

va Ladero Quesada en Isabel y los mudéjares
de Castilla. Según revelan las cuentas de la
Reina y el inventario de sus bienes, en la vi-
da cotidiana solía usar piezas de vestido de
estilo mudéjar. Ella y sus acompañantes se
ponían camisas o alcandoras, labradas y bor-
dadas o con adornos y guarniciones de pa-
samanería que solían representar letras ára-
bes; utilizaba tocas de camino, llamadas al-
maizares o alharemes, que protegían la piel
del viento y del sol; vestía quezotes, sayos mo-
riscos, marlotas y almolafas –vestiduras tala-
res para las diversas estaciones– y alborno-
ces y capellares, mantos con sus capuchones,
a modo de abrigo o sobretodo. Utilizaba cal-
zas moras, cómoda babucha andalusí de as-
pecto ancho y arrugado, aparte de borceguíes
y botas de marroquinería. De marroquine-
ría eran también las almohadas, cojines, gua-
damecíes de pared; parte de sus joyas, armas

blancas y guarniciones de caballo era de ori-
gen granadino. Esto por no hablar de las co-
midas y de sus postres: buñuelos, mante-
cados, almojábanas, almendrados, polvo-
rones, alfajores, alfeñiques, almíbares, to-
rrijas, mazapanes y turrones, típicos dul-
ces andalusíes. Y, por supuesto, asistía a tor-
neos y fiestas en los que los caballeros de
la Corte montaban caballos árabes a la jine-
ta y utilizaban con destreza el arco y la lan-
za al estilo árabe.

Además, tuvo la percepción directa de las
minorías mudéjares esparcidas por las po-
blaciones castellanas que ella frecuentaba:
Madrigal, Arévalo, Medina del Campo, Ávi-
la, Segovia, Valladolid... Allí escucharía su
música, presenciaría sus fiestas, oiría a sus
recitadores, conocería sus condiciones de vi-
da y, progresivamente, se enteraría de su im-
portancia económica.

Page 19

la vida y del clima que allí hallaron. Ese
permiso de retorno evidencia el deseo
y esperanza de los Reyes de que fuera
asimilada aquella población trabajado-
ra e industriosa.

Si esto último es evidente, también lo
es que las facilidades para la emigración
se debían al principio enunciado por el
conocido refrán: “A enemigo que hu-
ye, puente de plata”. Suponían las nue-
vas autoridades que quienes optaran por
irse serían los más ofendidos, los más di-
fíciles de asimilar, los musulmanes más
acérrimos. El historiador Bernard Vin-
cent tiene claro que lo pactado “no im-
pedirá a Isabel, a Fernando y a sus re-
presentantes actuar para deshacerse, lo
más rápido posible, de todos aquellos
que suponían cualquier amenaza”.

Lenta asimilación
Aunque la paz duró hasta finales de
1499, el deterioro de las Capitulaciones
ya se percibía en 1495. La predilección
mostrada por los Reyes estaba acompa-
ñada por la esperanza de una rápida
asimilación y ésta no avanzaba con
paso firme. Sus bases deberían ser
religiosas, sociales y políticas y en
ninguno de esos capítulos se ad-
vertían progresos sustanciales.
Los mudéjares seguía viviendo,
vistiendo, comiendo, hablan-
do, trabajando, gobernándose y
orando según sus costumbres
y leyes y de acuerdo con el Is-
lam. Excepcionales eran los ca-
sos de moriscos asimilados.

Si eso contrariaba la política
de los Reyes, mayor era aún la
impaciencia de quienes temían,
políticamente, a esa población
tan numerosa como inquietan-
te; de los fundamentalistas re-
ligiosos, que clamaban contra
esa tolerancia, bastante más ge-
nerosa que la mostrada por el
Islam con las poblaciones cris-
tianas sojuzgadas; y de los bui-
tres que aguardaban impacien-
tes la oportunidad de apode-
rarse de los despojos de los
vencidos. “El hecho fue que
aun respetando la letra de las
capitulaciones, ya en 1495 co-
menzó a alterarse gravemente
el espíritu de las mismas, al exi-
gírseles a los mudéjares unas
contribuciones o servicios

extraordinarios, lo que volvería a repe-
tirse en 1499”, escribió Cortés Peña en
Mudéjares y repobladores.

Simultáneamente, se fueron aveci-
nando en el territorio granadino nue-
vos pobladores –cuarenta mil entre
1485 y 1495–, que llegaban con la es-
peranza de encontrar fértiles tierras pa-
ra establecerse o con el ánimo de ha-
cer rápida fortuna. Los problemas
surgieron de inmediato: los recién lle-
gados no obtuvieron los mejores lotes,
propiedad de los nativos, ni podían, en
general, competir con sus laboriosidad
y destreza. Por tanto, sus rendimien-
tos fueron inferiores y la envidia fo-
mentó quejas y calumnias contra los

mudéjares, sobre los que recayeron
paulatinamente mil presiones.

Se les permitía vender, pero no com-
prar, se les fue recluyendo en barrios se-
parados, se les despojó de las armas
blancas, se les obligó a prestar servicios
no remunerados. Al tiempo, se fomen-
tó su segregación de los cristianos,
creando mercados distintos, prohibién-
doles que contrataran los servicios de
musulmanes y que comprasen en las
mismas tiendas. Todos estos factores ori-
ginaron un nuevo éxodo morisco hacia
África en 1495 y, “como sucedió con los
judíos, aquí también se incrementaron
los problemas sobre los bienes que po-
dían sacar, las aduanas por las que

deberían salir y la organización de los
viajes. Revisando las cuentas del teso-
rero Morales, que llevó cargo de toda la

tesorería de los musulmanes, consta
que los Reyes cobraron a éstos, sin
contar el repartimiento anual, en-
tre 1495 y 1503, 451.544 marave-
díes”, según Tarsicio de Azcona.

El santo alfaquí
Las presiones sobre la población
islámica tocaron el nervio cuan-
do se les trató de convertir al
cristianismo. El interés en esa
conversión era comprensible:
constituiría el gran paso para la
asimilación, eliminaría el peligro
de sublevaciones y de compli-
cidades con las correrías berbe-
riscas que acechaban las costas
mediterráneas de la Península;
calmaría a los cristianos más in-
tegristas y cuadraba plenamen-
te en los ideales de expansión
de la fe cristiana que tenían los
Reyes. De la cristianización se
encargó a fray Hernando de Ta-
lavera, confesor de la Reina, que
fue nombrado arzobispo de Gra-
nada. Sus métodos, basados en
la caridad, en la comprensión, el
estudio de la cultura y costum-
bres de los musulmanes, le hi-
cieron famoso y tan querido por
ellos, que le llamaban “el santo
alfaquí”, pero proporcionaban

73

TRAGEDIA MORISCA
ISABEL LA CATÓLICA. EL LEGADO

Un ángel inspira a los Reyes Católicos la idea de la cruzada
contra los musulmanes, en una ilustración del Rimado de la

Conquista de Granada, de Marcuello.

La presión de los nuevos pobladores
cristianos, en busca de fortuna rápida,
fomentó calumnias contra los mudéjares

Page 36

Mendoza 15.000 maravedíes pa-
ra una compra de ejemplares, y
sus gestiones para la difusión de
algunos textos, ya que, en 1503,
consciente de las dificultades de
obtener manuscritos en présta-
mo, se dirige a Perafán de Ribe-
ra pidiéndole un códice de san
Juan Crisóstomo, para una edi-
ción de su comentario a san Ma-
teo que se planeaba en Sevilla.

Ediciones de calidad
Si pasamos ahora a la factura de
los libros, los catalogadores casi
siempre la indican, al hacer una
distinción entre los manuscritos,
denominados “de mano”, y los
impresos, llamados “de molde”,
que constituyen un número me-
nor. En el caso de los primeros,
se suele determinar la materia es-
criptoria –“en pergamino”, “en
papel” o la mezcla de ambos so-
portes– y, de vez en cuando, el
tamaño: “de a folio”, “de folio
grande”, “de marca mayor”, “de
pliego entero”, “de a quarto”, “de
quarto de pliego”. También en al-
gunos casos se precisa el tipo de
encuadernación: “en tablas”, “con
las coberturas de cuero colora-
das”, “las coberturas de cuero azul”, “las
coberturas de cuero colorado y dos ma-
nos de latón”, “guarnecido en cuero ama-
rillo”, “con unos asientos de manecillas
de plata”; y hasta el estado de la misma:
“con unas tablas de cuero coloradas vie-
jas”. Muy raramente, sin embargo, se in-
dica el tipo de escritura –“de letra góti-
ca”, anota Gaspar de Gricio, al citar un
manuscrito del Salterio en verso.

Estos pormenores obligan a recordar
que, sobre todo hasta la invención de la
imprenta, muchos libros se reputaban
como verdaderas joyas, porque una co-
pia implicaba un gasto en materiales
–papel, pergamino, tintas– y en perso-
nal –copistas, pergamineros, encuader-
nadores, iluminadores–, lo que expla-
na la minucia con que se recogen tales
detalles en algunos inventarios. Sirva
como botón de muestra la reseña que

suministra Gricio sobre la encuaderna-
ción de una copia en pergamino del Li-
bro de las claras e virtuosas mugeres, es-
crito por Álvaro de Luna, “con una ca-
misa de carmesí pelo, forrado en tafetán
azul; y tiene de cada parte un quadro de
plata dorado y esmaltado grande, en que
está un escudo leonado, las armas de
Luna e quatro veneras de plata dorada
a los cantones, e la una venera de la una

parte está suelta, e tiene las charnelas
e manos de las çerraduras de la misma
plata, con unas veneras e cruzes en dos
texillos blancos e corales”.

Por desgracia, los catalogadores no
emplearon el mismo esmero para des-
cribir la decoración interna, de modo
que, si hoy sabemos de las ricas minia-
turas que adornaban algunos ejemplares
de la biblioteca isabelina –el manuscri-
to de la Crónica troyana conservado en

El Escorial, pongo por caso–, es
gracias a su segura identificación
actual. Hay, con todo, alguna ex-
cepción, como la reseña de una
copia del Libro de Sedechías, de
la que dice Gricioa: “Tiene al
prinçipio nueve ystorias de pin-
cel y tiene la primera plana un
escudo con un castillo dorado
y un capelo colorado ençima, e
dos ángeles que le tienen, e de-
baxo otro escudo”.

Lenguas y materias
Aunque a veces no consta, los
autores de los censos señalan ha-
bitualmente la lengua de escri-
tura, sin que se les pase algún
paradigma singular: así, del Uni-
versal vocabulario de Palencia se
especifica que está escrito “en la-
tín y en romance”. La segunda
expresión –“en romance”– es la
usual para los textos en castella-
no que suponen la cifra más am-
plia, con una profusa selección
de obras religiosas, empezando
por varias copias de la Biblia y
de algunos Padres, a las que se
suma un colmado conjunto de
producciones históricas –las cró-
nicas de Alfonso X, Ayala, Pablo

de Santa María, Alonso de Cartagena,
Rodrigo Sánchez de Arévalo– y legales
–varios fueros y ordenamientos, junto
a las Partidas–, vale decir, libros que
aportaban experiencia del pasado y dis-
posiciones de gobierno. Asimismo, no
podían faltar textos en que, por su in-
sistencia en las cualidades necesarias a
los monarcas y sus allegados, se podían
aprender pautas y normas de compor-
tamiento, ceremonial cortesano y admi-
nistración: de ahí, los manuscritos de
ejemplarios –Calila e Dimna, Libro del
conde Lucanor–, colecciones de sen-
tencias –Flores de filosofía, Bocados de
oro– y la nutrida sección de espejos de
príncipes, entre los que, junto a varios
de los más célebres autores, se mencio-
nan bastantes textos, casi todos “de ma-
no”, no siempre de sencilla identifica-
ción.

En este mismo saco hay que incluir
los compendios de biografías femeni-
nas, como el Libro de las claras e vir-
tuosas mugeres de Álvaro de Luna, al
que habría que adicionar al menos el
tratado que Martín de Córdoba dedicó

90

Los libros se catalogaban según fueran
“de mano” o “de molde”, de pergamino o
papel y por su tipo de encuadernación

Breviario de Isabel la Católica (Londres, British Library). Muchos
libros eran joyas, que recogen con minucia los inventarios.

Page 37

a la joven Isabel, por más que no cons-
te en ninguno de los inventarios con-
servados. Otro lote enlaza con las di-
versiones cortesanas: así, los tratados ci-
negéticos, de los que se citan dos sobre
montería y uno sobre cetrería; los libros
sobre juegos de mesa, entre los que se
halla el dirigido por Alfonso X sobre el
ajedrez; algún texto de música y danza;
unos cuantos de ficción caballeresca;
una copia del Cancionero de Baena y
varios poetas cancioneriles –Mena, Pé-
rez de Guzmán, Román–, a los que, sin
duda, habría que incorporar no pocos
sin inventariar, pero cuya posesión por
la Reina aseguran las dedicatorias. Un
conjunto de clásicos en versión caste-
llana –Aristóteles, Séneca, Plutarco, Vir-
gilio, Plinio–, alguna obra filológica y
una amplia porción de obras religiosas
completan la relación.

Siguen en número los libros escritos
en latín, entre los cuales, además de va-
rias copias de textos bíblicos y de co-
mentarios morales y religiosos –desde
Padres de la Iglesia a hagiografías–, tro-
pezamos con unos cuantos autores clá-
sicos –Tito Livio, Cicerón, Plinio, verbi-
gracia–; vocabularios, gramáticas y tex-
tos de retórica –desde Prisciano o Do-
nato a los contemporáneos Nebrija o Pa-
lencia–; y, como recuerdo de días feli-
ces, “cinco cartapacios de cuando al
príncipe se mostraba latín”.

Por último, unos pocos libros emplean

el italiano –por ejemplo, la Fiammetta
de Boccaccio y los Trionfi de Petrarca–,
el francés –una versión de Jacobo de Vo-
rágine, con unos pocos más–, el catalán
–Suma de colaciones–, y, al menos, uno
el gallego-portugués, ya que aparecen
reseñadas las Cantigas de Santa María
de Alfonso X.

Dispersión
Aunque la Reina no menciona la biblio-
teca en su testamento, parte de la co-
lección debió legarla a la Capilla Real de
Granada, donde, en 1526, según el em-
bajador Andrea Navaggero, se custodia-
ban bienes de Isabel, entre los que cita
libros de manera expresa. Pero, en 1591,
los ciento treinta volúmenes que allí se
guardaban –y que algunos consideran un
cuarto inventario– fueron trasladados por
orden de Felipe II a El Escorial, gracias
a lo cual cabe identificar unas docenas
en la actualidad, mientras que unos po-
cos pueden localizarse en otras bibliote-
cas. De cualquier manera, la fascinación
de Isabel por los libros, como parte de
sus inclinaciones culturales, esclarece las
loas mencionadas y otras como la del
viajero alemán Münzer, al que parecía
“increíble que una mujer pueda enten-
der de tantas cosas”, o el lamento del hu-
manista Marineo Sículo, quien, a la muer-
te de la Reina, pensaba que había desa-
parecido la esperanza para “los hombres
buenos y eruditos”. ■

91

LA BIBLIOTECA
ISABEL LA CATÓLICA. EL LEGADO

Funda de encuadernación con las iniciales de los Reyes Católicos. Las encuadernaciones
lujosas se consignaban detalladamente (hacia 1474-92, Madrid, Biblioteca Nacional).

LOS REYES CATÓLICOS EN LA AVEN-
TURA DE LA HISTORIA

La Aventura de la Historia ha
dedicado a los Reyes Católicos los
dossieres “Isabel la Católica, el
camino hacia el poder” (nº 30), “Los
Reyes Católicos. Construyendo una
gran potencia” (nº 39) y “El nuevo
orden de los Reyes Católicos”
(nº 53). Otros aspectos de su política
aparecen también en “Fulgor y
muerte de Granada” (nº 19), “1502.
América para la Corona” (nº 42) y
“Fernando I. El emperador español
olvidado” (nº 58). Sobre sus
herederos: “Catalina de Aragón, una
castellana en la Corte de San
Jaime”, por Mariano González-Arnao
(nº 37); “Juana de Castilla, la reina
loca”, por Joseph Pérez (nº 38);
“Don Juan, un príncipe para el
romancero”, por Miguel Ángel Pérez
Priego (nº 39), y “La princesa Isabel.
Rehén de la razón de Estado”, por
Antonio Fernández Luzón (nº 70).

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reina vencedora, una mujer derrotada, Ma-

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PARA SABER MÁS

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