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TitleManuel M. Gonzalez Gil - Cristo El Misterio de Dios - Cristología y Soteriología
TagsJesus Christ (Title) Catholic Church Eucharist
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Page 1

CRI S TO
EL M I S T E R I O

DE D I O S

Cristologia y soteriologia

I

Page 2

H i s t o r i a s a l u t i s

Serie monográfica de Teología
dogmática

C O M I T E D E D I R E C C I O N

J o s é A n t o n io d e A l d a m a , S . I .

C á n d id o P o z o , S . I .

J e s ú s S o l a n o , S. I .

Page 249

Trinidad y economía salvíjica ”
envía sobre nosotros su Espíritu de filiación, para que poda­
mos como él, con él y en él llamar a Dios: «A b b á /, ¡Padre!»
(cf. Rom 8,15-16; Gál 4,6).

5. Por qué se encarna precisamente el Hijo

A modo de apéndice vamos a tratar una cuestión que tal
vez parecerá inútil y abstrusa, pero puede servir para aclarar­
nos la economía toda de la salvación. Preguntamos: ¿Por que
fue precisamente el Hijo el que se hiso hombre?; ¿no podía
haberse encarnado el Padre o el Espíritu Santo, o quizás toda
la Santísima Trinidad?

A priori no es posible dar una respuesta, porque no es
posible poner límites a priori a las posibilidades que Dios
en su sabiduría infinita conoce; pero a posteriori podemos
barruntar estas posibilidades apoyándonos en los datos re­
velados. L a revelación es la que nos ha dado a conocer la
Trinidad en Dios y la posibilidad de una encarnación divi­
na. Procediendo con método teológico, lo primero es, acep­
tado el dato revelado, buscar su inteligibilidad, o, si se
quiere decir así, su racionabilidad; sólo después es permi­
tido lanzarse a investigar sus implicaciones.

A . Razones de congruencia.— Nuestro primer paso es escu­
driñar qué razones pudo tener Dios en su sabiduría para
elegir como medio de nuestra' salvación la encarnación del
Hijo, y no la de otra persona divina.

Los teólogos, siguiendo a Tomás de Aquino 5, han creído
descubrir algunas, que, vistas de nuestra parte, se llaman «ra­
zones de congruencia» o conveniencia. Son, más o menos, las
siguientes: si el fin de la encarnación incluye, en la situación
actual de la humanidad caída en el pecado, la restauración
de la imagen y semejanza de Dios, destruida en el hombre
por el pecado, y el restablecimiento del orden cósmico de la
creación, perturbado por la culpa del hombre, ¿quién mejor
podía encargarse de esta obra que el Verbo, imagen consustan­
cial y reflejo de la majestad de Dios, que había sido mediador
de la creación (cf. Heb 1,1-2)? Y si el fin último de la encarna­
ción y redención es la concesión de la adopción filial y de la
herencia celeste a los hombres, ¿quién era más conveniente
que se hiciese hombre sino el Hijo unigénito y heredero con­
sustancial del Padre (cf. G ál 4,4.6)?

Hasta este punto llegamos sin dificultad; pero ¿podremos
avanzar más? La teología lo ha intentado con el deseo de

5 STh III q.3 a.8.

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228 P.l c.3- La venida del H ijo

penetrar lo más hondamente posible el sentido de los misterios.
Ya en la antigüedad Agustín se atrevió a lanzar la pregunta
de si sería posible la encarnación de otra persona divina, y se
decidió por una respuesta afirmativa; en ello le siguieron casi
unánimemente los teólogos escolásticos. En su opinión, las
otras divinas personas poseen la capacidad de «asumir» o «hipos-
tatizar» una naturaleza individual humana lo mismo que el
Hijo, puesto que las tres personas son iguales en el respecto
de «personalidad» 6.

Esta tesis se ha sujetado a crítica en tiempos recientes y pa­
rece no puede admitirse sin reservas.

Y con razón, porque en ella parece cometerse un doble
error: metódico y lógico.

Metódicamente, no se pueden determinar las posibilida­
des absolutas de las personas divinas si no es únicamente
a través de las realidades reveladas, que, en este caso, son
la encarnación del Hijo y la efusión pentecostal y sacramen­
tal del Espíritu Santo; y, tomando en cuenta todo el contex­
to concreto, la realidad revelada es «la economía sobrena­
tural de la salvación» mediante la encarnación del Hijo y la
misión del Espíritu Santo. En la tesis impugnada, en cam­
bio, se define un concepto de «encarnación» abstracto y
a-temporal, meramente como el de «unión hipostática» con
la naturaleza humana, y se prescinde del contexto total con­
creto e histórico de «la economía» que una encarnación lleva
necesariamente consigo.

A esto se añade un paralogismo lógico: se construye un
concepto unívoco de «persona divina», sin atender a que las
propiedades personales las distinguen y contraponen, de
modo que no podemos, como se afirma en esa tesis, aplicar
a cualquiera de ellas lo que la revelación nos enseña de una
en particular. Es un error lógico semejante al que se come­
tería aplicando al varón todas las propiedades de la mujer
por aquello de que ambos convienen en el concepto espe­
cífico de «hombre».

B. L a Santísim a Trinidad y la «economía» de salvación .—
Nos parece más plausible la tesis diametralmente opuesta: so­
lamente el Hijo pudo encarnarse. ¿Por qué?

Comencemos por advertir que las obras divinas, cuanto
más sobrenaturales son, tanto más patentemente llevan el sello
de la Santísima Trinidad, según la distinción misma de las
tres personas, ya que la realidad sobrenatural es radicalmente la
inserción de la criatura racional en la vida íntima trinitaria. Sien­
do la encarnación la más sobrenatural de las obras divinas y, en

6 STh III q-3 a.5.

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476 P.II c.14. La transfiguración

servido, sino para servir y dar su vida en rescate por la mul­
titud» (Mt 20,19-28). Pero esto significa que no sólo hay que
oír lo que dice, sino, más todavía, contemplar lo que hace.
Lo que dice no es más que una explicación verbal de lo que
hace; y su palabra estaría vacía de sentido si no hubiese rea­
lizado su obra. *■

Esta obra, que es todo el misterio pascual en su doble
fase de muerte y resurrección, de kénosis y exaltación, es la
compleción de la revelación. En esa obra, no solamente se
manifiesta lo que hace, sino, a través de su acción, se mani­
fiesta lo que e s : lo que él es y lo que es su Padre. El es «el
Hijo», y «Dios es amor» por ser Padre. Jesucristo es la pleni­
tud de la revelación en su vida toda; pero en una vida que
tiene que coronarse con el misterio de su muerte-resurrección.
El Hijo de Dios hecho hombre, muerto en la cruz y resucita­
do por la diestra del Padre, es «la plenitud de la revelación»
y «la Palabra» de Dios.

Esto nos invita a que apresuremos nuestros pasos para
seguirle en su camino a Jerusalén, donde ha de consumarse
su «elevación», su «partida de este mundo» y su «vuelta al Pa­
dre» (cf. Le 9,31.51; Jn 13,1), y donde la revelación llegará
a su plenitud. Porque Jesucristo, «con toda su presencia y ma­
nifestación personal, con palabras y obras, con señales y mi­
lagros, sobre todo con su muerte y resurrección gloriosa de
entre los muertos, y, finalmente, con el envío del Espíritu
de verdad, completa la revelación y confirma con el testimo­
nio divino que Dios vive con nosotros para liberarnos del
pecado y de la muerte y resucitarnos a la vida eterna» (DV 4).

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ACABÓSE DE IMPRIMIR ESTE PRIMER VOLUMEN

DE «CRISTO, EL MISTERIO DE DIOS», DE LA
BIBLIOTECA DE AUTORES CRISTIANOS,

EL DÍA 10 DE ENERO DE 1976, VÍS­
PERA DE LA FESTIVIDAD DEL

BAUTISMO DE JESÚS, EN

LOS TALLERES DE LA
EDITORIAL CATÓLI­

CA, S. A., MATEO

INURRIA, 15,
MADRID

L A U S D E O V I R G I N I Q U E M A T R l

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