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Page 2

Revista trimestral publicada
por la Organización de las Naciones Unidas
para la Educación, la Ciencia y la Cultura
con la colaboración de la Comisión Española
de Cooperación con la U N E S C O
y del Centre U N E S C O de Catalunya.
Vol. X L I V , núm. 4, 1992
Condiciones de abono
en contraportada interior.

Director: AN Kazancigil
Redactor jefe: David Makinson
Maquetista: Jacques Carrasco.
Ilustraciones: Florence Bonjean
Realización: Jaume Huch •

Corresponsales
Bangkok: Yogesh Atal
Beijing: Li Xuekun
Belgrado: Balsa Spadijer
Berlín: Oscar Vogel
Budapest: György Enyedi -
Buenos Aires: Norberto Rodríguez

Bustamante
Canberra: Geoffroy Caldwell
Caracas: Gonzalo Abad-Ortiz
Colonia: Alphons Silbermann
Dakar: T . Ngakoutou
Delhi: André Béteille
Estados Unidos de América: Gene M . Lyons
Florencia: Francesco Margiotta Broglio
Harare: Chen Chimutengwende
Hong Kong: Peter Chen
Londres: Chris Caswill
Madrid: José E. Rodríguez-Ibáñez
México: Pablo González Casanova
Moscú: Marien Gapotchka
Nigeria: Akinsola Akiwowo
Ottawa: Paul Lamy
Seúl: Chang Dal-joong
Singapur: S. H . Alatas
Tokyo: Hiroshi Ohta
Túnez: A . Bouhdiba

T e m a s de los próximos números,.
L a innovación
Políticas comparadas

Ilustraciones:
Portada:
Representación del dios precolombino
Quctzalcoatl (Códice Magliabechiano, f. 61). D e la
obra L'Amérique de la conquête pinte par les
Indiens du Mexique, de Serge Gruzinski,
Éditions Flammarion, 1991.
A la derecha:
«Los primeros habitantes de America», de un
grabado sobre madera de 1497, Museo de
La Plata, México, Rogcr-víoiict.

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578 Stuart Bruchey

Las políticas conservadoras de Hamilton y
Marshall representaban los intereses de una
élite m á s antigua, en la sociedad m á s rígida-
mente estructurada que permitía un ritmo len-
to de cambio.

La batalla de los dos políticos estaba perdi-
da de antemano. Bajo los efectos de la Revolu-
ción, de las extraordinarias oportunidades de
comercio mundial que se ofrecieron a los neu-
trales durante las guerras napoleónicas, de los
aumentos de la inmigración en la posguerra y
el vasto desplazamiento al Oeste, de la inci-
piente industrialización a partir del decenio de
1820 y del mayor ritmo de crecimiento de la
economía, la estructura jerárquica de la socie-
dad cedió al empuje de nuevas y poderosas
fuerzas competidoras, de valores favorables al
nuevo orden fuertemente competitivo, y de las
doctrinas jurídicas a nivel federal que promo-
vían la liberación de nuevas energías.

La transformación social causada por la
Revolución fue m u c h o m á s lejos con la acele-
ración subsiguiente del movimiento horizon-
tal, la industrialización y la urbanización. Al-
bert Rees ha señalado uno de los principales
efectos sociales y económicos de la industriali-
zación: «Es una fuerza laboral en crecimiento,
las personas podían trepar por la escala jerár-
quica con m u c h a mayor rapidez que en una
estable». La rápida urbanización en las déca-
das que precedieron a la Guerra Civil no sólo
concentró los numerosos empleos de servicios
relacionados con el comercio y la industria,
sino que además incrementó considerable-
mente el número de empleos necesarios para
sostener una vida comunitaria cerrada. Asi-
mismo , la ampliación del mercado causó una
división de las funciones que antes desempe-
ñaban, por lo general, las personas m á s eclécti-
cas. A comienzos del siglo XIX se registró un
fuerte aumento de la especialización en el e m -
pleo. Los mercaderes se especializaron c o m o
importadores o exportadores, mayoristas, in-
termediarios o minoristas, al tiempo que apa-
recía una multitud de especialistas en diversas
funciones comerciales, desde la manufactura-
ción hasta la banca comercial y de inversiones,
que desempeñaban también toda la gama de
servicios de seguros y transportes. Aunque es
difícil de medir, la sociedad presenció segura-
mente un aumento de la eficacia productiva
en el plano ocupacional.

La multiplicación de las oportunidades de

empleo, junto con la relativa facilidad de ad-
quisición de técnicas y propiedades producti-
vas en una época en que las sociedades y la
propieda privada (y no las empresas) bastaba
para satisfacer las necesidades de capital de la
mayoría de las industrias, contribuyó a un
grado insólitamente elevado de igualitarismo
social entre los hombres blancos, durante el
período de preguerra. Este igualitarismo con-
tribuyó decisivamente al crecimiento econó-
mico de los Estados Unidos.

A comienzos del decenio de 1830, Alexis
de Tocqueville, el m á s penetrante de los ex-
tranjeros que han estudiado las instituciones
estadounidenses, vio claramente la relación
entre el hecho social y sus consecuencias eco-
nómicas. La vasta igualdad de las condiciones
sociales, la poca distancia que separaba a los
hombres, hacía que éstos fueran extraordina-
riamente sensibles a las desigualdades subsis-
tentes e hicieran todo lo posible por subsanar-
las. «Donde la desigualdad de las condiciones
es la regla c o m ú n de la sociedad -explicó Toc-
queville-, las desigualdades m á s escandalosas
no llaman la atención. Pero cuando casi todo
se encuentra en un m i s m o nivel aproximado,
las más ligeras diferencias son suficientemente
visiles para lastimar la vista. D e ahí que el
deseo de igualdad sea cada vez más insaciable,
cuanto m á s completa es la igualdad.» Este de-
seo causaba «una actividad o m n í m o d a e in-
cansable, una .fuerza sobreabundante y una
energía que es inseparable de ella y que, por
desfavorables que sean las circunstancias, pue-
de hacer prodigios».

A Tocqueville le resultava difícil «describir
la avidez con que el americano se abalanza a
coger el inmenso botín que la fortuna le ha
reservado... Ante sí tiene un continente sin
límites, y él se precipita c o m o si el tiempo
apremiara y tuviese miedo de no encontrar
sitio para sus actividades». La riqueza circula-
ba «con una rapidez inconcebible, y la expe-
riencia demuestra que es raro encontrar dos
generaciones sucesivas que le hayan disfrutado
plenamente». El único calificativo que podía
encontrar para la «actividad comercial» de los
americanos era «prodigiosa», y en este concep-
to incluía a los agricultores, ya que «para la
mayoría de ellos la agricultura es también un
comercio».

Otros visitantes distinguidos de los Estados
Unidos, c o m o Harriet Martineau, la señora

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Las bases del desarrollo económico de los Estados Unidos 579

Trollope o Michael Chevalier, hicieron co-
mentarios semejantes. «En este momen to -es-
cribió el viajero británico Alexander Mackay
en 1842-, la igualdad del hombre es la piedra
angular de la sociedad americana.»

Los comentarios de viajeros pueden ser im-
presionistas y parciales, pero los informes ofi-
ciales y las observaciones oficiosas resultantes
de exposiciones internacionales tales c o m o la
Exposición del Crystal Palace de 1851, en
Londres, y los informes especializados de las
comisiones industriales que ya en 1853 visita-
ban los Estados Unidos para estudiar los m é -
todos americanos de manufacturación, contie-
nen indicaciones similares. Tras estudiar estas
fuentes, John E . Sawyer resume su énfasis en
«la difusión de la educación en América; la
ausencia de rigideces y limitaciones de clase u
oficio; la libertad con respecto a las definicio-
nes hereditarias de los trabajos, o los procedi-
mientos anticuados de realizarlos; la impor-
tancia atribuida al progreso personal y los
esfuerzos por mejorar el bienestar material, y
la movilidad, flexibilidad y adaptabilidad de
los americanos, y su fe sin límites en el progre-
so». N o todo, en este comentario, es positio.
Pero, añade Sawyer, «tanto si hablan de "un
noble deseo de elevarse por encima de su con-
dición" c o m o si se refieren "a la vulgar caza
del dólar", y tanto si les gusta c o m o si les
desagrada una sociedad en la que el negocio es
omnipresente y una estructura social comple-
tamente abierta promueve la movilidad, la fal-
ta de raíces, la inquietud, etc., y da un mayor
realce a los resultados visibles del éxito econó-
mico, en todo caso se trata de valores sociales
singularmente favorables a las pautas particu-
lares de manufacturación (técnicas estandardi-
zadas de fabricación para los mercados de m a -
sas) que hemos venido discutiendo».

Esos valores sociales, reflejando y reforzan-
do la importancia del éxito material, y de la
industria, la sobriedad y frugalidad como sus
medios necesarios y suficientes, eran compar-
tidos por todas las grandes instituciones socia-
les que intervenían en la formación de la opi-
nión pública. «La idea inculcada en la mente
de la mayoría de los muchachos, desde una
edad temprana -decía un artículo publicado
por el Harper's New Monthly Magazine-, es la
de "ir adelante". Los padres se ponen a prueba
a sí mismos con este m i s m o criterio, e impar-
ten la mi sma noción a sus hijos.» Según ese

m i s m o artículo, para la gran mayoría de a m e -
ricanos el éxito significaba, desde hacía tiem-
po, triunfar en los negocios y ganar dinero.
Irvin G . Wyllie observó que los hombres de
negocios ricos no sólo escribían a los sobrinos
pobres para recalcar la importancia de la in-
dustria, la sobriedad y la frugalidad para el
éxito, sino que además repetían la m i s m a idea
en los discursos de inauguración del año aca-
démico, en entrevistas para los periódicos y en
libros. Sigmund Diamond llega a la conclusión
de que la prensa de la preguerra solía explicar
el éxito empresarial por la posesión de estas
mismas cualidades personales.

Muchos de los adalides del culto america-
no que resume la frase «ayúdate a ti mi smo»
eran sacerdotes protestantes. Hombres c o m o
Henry W a r d Beecher y L y m a n Abbott predi-
caban que «la bondad corre pareja con la ri-
queza» y «daban la sanción de la Iglesia a los
valores de progreso de la comunidad empresa-
rial». A Abbott le gustaba m u c h o «la parábola
de los talentos, y la usaba para corroborar su
afirmación de que Jesús aprobaba la acumula-
ción de grandes fortunas». Jesús no condenó la
riqueza, decía Abbott; «por el contrario, apro-
baba el uso de la riqueza acumulada para acu-
mular m á s riqueza». Otros dijeron cosas simi-
lares en sus libros. El reverendo T h o m a s P .
Hunt, por ejemplo, resumió los argumentos en
favor de la riqueza en el título de su obra,
publicada en 1836: El libro de la riqueza: en el
que se demuestra con la Biblia que el deber de
cada hombre es hacerse rico.

Las secuelas elementales, la familia, la igle-
sia, la prensa, los liceos y las salas de lectura de
las bibliotecas de asociaciones mercantiles ser-
vían de cauces institucionales para el tema de
la autoayuda. Wyllie señala que los famosos
libros de lectura de William Holmes M c G u f -
fey «cantaron las glorias del trabajo para va-
rias generaciones de jóvenes americanos».
Desde 1836 hasta el final del siglo, calcula este
autor, quizá la mitad de los niños americanos
«fueron a la escuela de McGuffey... y apren-
dieron industria, frugalidad y sobriedad». Los
libros de lectura de McGuffey «contenían la
misma síntesis de virtudes cristianas y de la
clase media que se encuentra en los manuales
del éxito».

Trabaja, muchacho, no temas, trabaja,
Mira el trabajo a la cara;

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La Revista internacional de ciencias sociales
se publica en marzo, junio, septiembre
y diciembre.

Precio y condiciones de subscripción en 1992
Países industrializados: 5.000 ptas. o 45 $.
Países en desarrollo: 3.000 ptas. o 27 $.
Precio del número: 1.500 ptas. o 15 $.

Se ruega dirigir los pedidos
de subscripción, compra de un número,
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al Centre U N E S C O de Catalunya:
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al contenido debe dirigirse al Redactor jefe
de la Revue internationale
des sciences sociales.
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Los autores son responsables de la elección
y presentación de los hechos que figuran
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International Social Science Journal
(ISSN 0020-8701)
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Depósito legal,' B . 37.323-1987
Printed in Catalonia
ISSN 0379-0762
© Unesco 1991

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C o n ocasión del quinto centenario de la Hegada de Cristóbal Colon al Atinente que,
posteriormente, llevaría el nombre de América, y que implicaría trágica* consecuencias para
las poblaciones y civilizaciones autóctonas, aparece un hecho que también se nos muestra '
c o m o un momento decisivo en la formación del m u n d o moderno. Los artículos de este'
número de la RICS se refieren a dos problemas interelacionados: por una parte, las >
trayectorias históricas específicas de los principales países de América del Norte y del Sur,
por otra, algunos factores comunes que han influido en el desarrollo de estas sociedades (las
instituciones metropolitanas, el medio ambiente, la cultura y la religión, la ciencia y la
tecnología, así como el sistema mundial). También este número es una contribución al
programa de la U N E S C O «El Quinto Centenario del Encuentro de dos Mundos , 1492-1992»v

Ignacy Sachs

Aldo Ferrer

Luis Vasconcelos y Vania Cury

Óscar M u ñ o z

Serge Gruzinski

R . T . Naylor

Stuart Bruchey

Aníbal Quijano
e Immanuel Wallerstein

Ruggiero Romano

Juan C . Garavaglia

Francisco R . Sagasti

S N . Eisenstadt

También en este número:

Else 0yen

Introducción: ¿el fin de la era de Colón?
El desarrollo en tela de juicio

El desarrollo económico de Argentina:
una perspectiva histórica

Brasil: quinientos años de historia

Economía y sociedad en Chile: frustación
y cambio en el desarrollo histórico

Colonización y guerra de imágenes en el México
colonial y moderno

Canadá en la era poscolombina

Las bases del desarrollo económico
de los Estados Unidos

La americanidad como concepto, o América
en el moderno sistema mundial

El peso de las instituciones metropolitanas

El hombre y el medio en América: acerca
del «determinismo» y el «posibilismo»

Conocimiento y desarrollo en América Latina:
ciencia, tecnología y producción, quinientos años
después del encuentro con Europa

Cultura, religión y desarrollo de las civilizaciones
de América del Norte y América Latina

Algunas cuestiones básicas de la investigación
comparada sobre la pobreza

ÎÎTÏÏÎ
1.500 pus . Revista Internacional de Ciencias Sociales, n ú m . 134/Diciembre 1992. ISSN 0379-0762

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