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Créditos
Índice
Presentación
Introducción
1. El contexto de una cultura del éxito
	1.1. La obsesión por el éxito
	1.2. El miedo al fracaso
	1.3. La sabiduría de la Cruz
2. El reconocimiento de la propia fragilidad
	2.1. La fragilidad humana
	2.2. Conocerse, aceptarse, crecer
	2.3. El Dios misericordioso
3. Una espiritualidad desde la fragilidad
	3.1. La sabiduría de los Padres del Desierto
	3.2. Una espiritualidad desde abajo
	3.3. Descender para ascender
4. El lugar de la fragilidad en la espiritualidad ignaciana
Bibliografía
Notas
                        
Document Text Contents
Page 2

TONY MIFSUD, SJ

Una espiritualidad
desde la fragilidad

MENSAJERO2

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2.2. Conocerse, aceptarse, crecer

El proceso de auto-aceptación de la fragilidad humana constituye un primer y elemental
paso en el crecimiento de todo ser humano. No obstante, este proceso no siempre
encuentra su apoyo en los valores culturales, que a veces tienden a desviar la
autorrealización en términos de poder, fama, dinero..., reduciendo lo humano a una sola
dimensión y, por ello, negando la unidad pluridimensional que lo constituye y lo configura
en la unicidad de una persona humana.

El escritor francés Gustave Flaubert (1821-1880) sostuvo que se necesitan tres
cosas para alcanzar la felicidad: «Ser estúpido, ser egoísta y gozar de buena salud; pero,
si falta la primera, todo se acabó». Esta visión pesimista contrasta diametralmente con lo
sostenido por Erasmo de Rotterdam (1466-1536), quien mantuvo que «la esencia de la
felicidad consiste en que aceptes ser quien eres».

El filósofo español Carlos Díaz se dirige a su hijo con las siguientes palabras: «Nadie
te ha dicho que seas menos de lo que eres, sino que te reconozcas como eres; solo al
aceptar lo que eres puedes comenzar a ser mejor de lo que eres; no olvides que al
dártelas de perfecto vas pregonando tu primer defecto. No importa que tengas miedo,
sino que lo vivas allí donde lo tengas que vivir. Y no huyendo: mejor ser cojo en el
camino que buen corredor fuera de él»45.

En la actualidad resulta un dato adquirido del conocimiento humano el establecer
que la aceptación de uno mismo constituye una de las columnas vertebrales de la propia
identidad y el piso sólido sobre el cual se puede encaminar el proceso del desarrollo
personal. La auto-aceptación permite la integración interior de la persona y una dirección
segura para el futuro crecimiento.

La vida espiritual no constituye ninguna excepción al respecto. La gracia no
sustituye ni prescinde de la condición humana sino que construye sobre ella. Es el
misterio de la Encarnación irreversible, que rompe cualquier dicotomía entre lo sagrado y
lo profano, una vez que el mismo Dios hecho hombre fue «probado en todo igual que
nosotros» (Heb 4,15), y «siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a
Dios, sino que se despojó de sí mismo, tomando condición de siervo, haciéndose
semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre» (Flp 2,6-7).

Por consiguiente, todo lo profano puede sacralizarse, y todo lo sagrado puede
profanarse. Así, el crecimiento en –y el camino de– la vida espiritual se facilita
enormemente cuando el piso sobre el que se construye es la profunda auto-aceptación.

El gran peligro consiste en pensar y vivir la vida espiritual desde lo que uno debería
ser, porque es como construir sobre arena, ya que la base es la mentira y no la verdad.
Aceptarse tal como uno es y no como debería ser es fundamental. Pensarse a partir de
un superyó o de un yo ideal es comenzar desde lo que uno no es. Lo que se desea ser es

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una meta, pero el camino para llegar a ella es aceptar la propia realidad para, justamente,
tomar el camino correcto hacia ella.

Un segundo peligro es comprenderse desde la comparación con otro, porque cada
uno es como es. Obviamente, la presencia de modelos en la propia vida anima a seguir
caminando, con tal de que ese modelo no sustituya la propia personalidad. Así, en un
contexto cultural de consumismo, la figura de un san Francisco de Asís (1182-1226)
motiva a optar por una vida austera como signo de haber encontrado lo esencial sin
mayores distracciones; pero el cómo ser austero es tarea de cada uno.

Mas, ¿qué significa exactamente auto-aceptarse? El proceso de auto-aceptación
implica dos elementos: (a) ser consciente de las propias capacidades y potencialidades,
como también de las propias limitaciones; y (b) tener claridad sobre el marco de valores
que dan significado a la propia vida, ya que desde este marco se van descubriendo las
potencialidades y las limitaciones.

Por tanto, la auto-aceptación no es tarea de un momento, sino que constituye un
proceso que dura toda la vida, porque el contexto (interpersonal y social) va cambiando,
y uno va transformándose al interactuar con él, lo cual, a la vez, implica que el sujeto
enfrenta el contexto desde otra perspectiva. El proceso de auto-aceptación no es tanto
una realidad lineal, sino más bien circular, de interactuaciones que condiciona al sujeto, y
este, a su vez, participa cada vez de modo diferente en estas interactuaciones.

En este proceso, el parámetro valórico ofrece un horizonte de significados
indispensables para poder aceptarse. Así, un individuo que entiende su valor como
persona humana no se engaña a sí mismo buscando ser no lo que no es, ni se destruye a
sí mismo mediante el auto-desprecio.

En el proceso constante de auto-aceptación se pueden destacar algunos momentos o
etapas que configuran esta realidad desafiante: (a) conocerse; (b) encontrarse; (c)
perdonarse; y (d) crecer. Son instancias complementarias que se influyen mutuamente y
permiten el crecimiento. Así, resulta ineludible conocerse para poder encontrarse, y al
encontrarse se conoce uno mejor: A la vez, este proceso requiere una actitud profunda de
perdonar y perdonarse, una mirada compasiva que sabe aceptar la propia fragilidad y
debilidad, y así no quedar anclado ni atrapado como esclavo del propio pasado, lo cual
motiva a seguir creciendo como proyecto de futuro.

El primer paso para poder es aproximarse sin juzgarse. Mirarse sin
evaluarse. El afán de juzgarse, tentación inevitable de una mirada religiosa, impide una
mirada honesta sobre uno mismo, porque hace más difícil conocerse de verdad, ya que
se corre el peligro de mirar desde el deber ser (cómo debería ser) y no desde el ser
(cómo soy de hecho). En esta mirada, y a partir de la propia experiencia, se pueden
reconocer potencialidades, dones y logros, como también limitaciones, debilidades y
errores, sabiendo que ningún elemento en sí mismo lo define a uno. En otras palabras,

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95. Cf. Ibid., p. 77.

96. Ibid., pp. 100-101.

97. Ibid., p. 110.

98. Ibid., p. 114.

99. Ibid. pp. 112-113.

100. , Alberto, «¿Es Chile un país católico?» (1941), en Padre Hurtado: obras completas, Tomo I,
Ediciones Dolmen, Santiago de Chile 20032, p. 103.

101. , Alberto, Un disparo a la eternidad (Introducción, selección y notas de Samuel Fernández),
Ediciones Universidad Católica de Chile, Santiago 20043, p. 43.

102. , Alberto, «La elección de carrera» (1943), en Padre Hurtado: obras completas, Tomo I, p. 378.

103. , Alberto, «Puntos de educación» (1942), en Padre Hurtado: obras completas, Tomo I, p. 189.

104. , Alberto, «El que se da, crece» (Reflexión personal, noviembre de 1947), en Samuel
, Un fuego que enciende otros fuegos: páginas escogidas del Padre Alberto Hurtado, Centro de

Estudios y Documentación Padre Hurtado de la Pontificia Universidad Católica de Chile, Santiago 2004, p. 91.

105. , Alberto, «Humanismo social» (1947), en Padre Hurtado: Obras Completas, Tomo II, p. 232.

106. , Anselm y , Meinrad, Una espiritualidad desde abajo: el diálogo con Dios desde el fondo
de la persona, p. 17.

107. Ibid., p. 61.

108. , Michael, Bienaventurados los débiles: cristianismo y debilidad, en Colección «Ayudas para el
Espíritu», CEI, Santiago de Chile 2013, pp. 13-14. El autor habla de «debilidad», pero deja en claro que no la
entiende como la experiencia del pecado, sino de la vulnerabilidad (cf. p. 7).

109. , Exhortación apostólica Evangelii Gaudium (24 de noviembre de 2013), n. 85.

110. Ibid., nn. 1 y 6.

111. Ibid., n. 85.

112. Federico , «Las heridas en la vida de San Ignacio: un largo camino hacia la alteridad de Dios»,
en Manresa 85 (2013) p. 130.

113. Cf. , Javier, «Todo», en José (dir.), Diccionario de Espiritualidad
Ignaciana, Mensajero-Sal Terrae, Bilbao-Santander 2007, p. 1.704.

114. Javier , «Todo», art. cit., p. 1.707.

115. Federico , «Las heridas en la vida de San Ignacio», art. cit., p. 135.

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